Interesante artículo en el que una investigadora de renombre aporta buena información acerca del papel de grasas y azúcar en el aumento de la obesidad. Sigue leyendo...

Durante millones de años, los humanos y sus ancestros evolucionaron en un entorno donde la escasez era la norma. En el Pleistoceno, a cualquier homínido que no comiese cuando tuviese la oportunidad se le habría mirado como a un enfermo. Sin embargo, el desarrollo del cerebro y la aparición de la tecnología acabaron creando un nuevo entorno en el que muchos de los impulsos que nos ayudaron a sobrevivir se han convertido en una amenaza.

Dana Small (1971, Columbia Británica, Canadá), subdirectora de investigación del Laboratorio John B. Pierce de la Universidad de Yale, trabaja para entender la manera en que el entorno moderno, desde la alimentación a la contaminación, favorece la obesidad. La semana pasada participó en el Basque Culinary Center de San Sebastián en BrainyTongue, un encuentro entre científicos y chefs para hablar de distintos aspectos de la alimentación. En esa reunión, organizada por el restaurante Mugaritz y el Centro de Regulación Genómica de Barcelona, habló de lo difícil que será salir de la trampa en la que nos ha metido nuestro éxito como especie.

Pregunta. ¿Estamos educados para preferir determinados tipos de comida o es algo que forma parte de nuestra biología?

Respuesta. Ambas cosas. El sentido del gusto nos permite percibir el dulce, el salado, el amargo, el ácido y el umami. Estas percepciones están vinculadas muy estrechamente a un propósito biológico particular que es adaptativo. El dulce indica que hay una fuente de energía en un alimento. Necesitamos energía para sobrevivir y no queremos que sea necesario aprender la relación entre el dulce y la energía porque si tienes que aprender eso es probable que acabes no ingiriendo suficiente energía.

Nacemos, y esto pasa con muchas especies, con una preferencia innata por el dulce. Eso tiene sentido porque un animal en la naturaleza tiene que comer tanta energía como pueda. El amargo, por el contrario, te tiene que disgustar desde que eres un bebé. Y es mejor que no lo tengas que aprender por experiencia, porque el amargo puede indicar la presencia de un veneno. Si tienes que aprender eso, puedes morir. El sentido del gusto está conectado específicamente con un propósito biológico y tiene un sentido adaptativo.

Fuente: http://elpais.com/elpais/2016/11/03/ciencia/1478190576_159601.html